Reynosa, Tamaulipas. Cuando la maestra de educación especial Claudia Figueroa Aguirre habla de su vocación, no describe solamente una profesión; comparte una misión. Desde hace años dedica su vida a acompañar a niñas, niños y jóvenes con discapacidad, convencida de que cada uno posee un potencial extraordinario que florece cuando encuentra un espacio de amor, paciencia e inclusión.
Ese llamado comenzó durante su juventud, mientras realizaba sus prácticas profesionales en un Hospital Infantil y, posteriormente, en un Centro de Atención Múltiple (CAM). Fue allí donde descubrió que su propósito estaba junto a quienes enfrentan mayores desafíos para aprender y desarrollarse.
“Desde que pisé el CAM, me quedé anclada”, recuerda al hablar de aquella experiencia que marcó el rumbo de su vida.
Aunque cursó la Licenciatura en Educación Preescolar en la Universidad de Montemorelos, nunca dejó de sentir que la educación especial era el lugar donde podía servir mejor. La inspiración para uno de sus proyectos más significativos nació de la observación cotidiana de sus propios estudiantes.
Durante un taller de jardinería, Claudia comenzó a notar algo que llamó profundamente su atención. Alumnos que antes no lograban exprimir una esponja o sembrar una semilla empezaban, poco a poco, a desarrollar nuevas habilidades al trabajar con la tierra.
Mientras tocaban distintas texturas, percibían aromas, sembraban y cuidaban las plantas, fortalecían la movilidad de sus manos, mejoraban su concentración y encontraban una forma natural de regular sus emociones.
Aquella experiencia le confirmó que la naturaleza también podía convertirse en una poderosa herramienta para el aprendizaje.
Fue entonces cuando decidió crear el Jardín Sensorial, un espacio diseñado para estimular el desarrollo cognitivo, emocional y sensorial mediante flores de diversos colores, plantas aromáticas, senderos con diferentes texturas y estaciones donde los estudiantes pueden tocar, explorar, sembrar y aprender en un entorno seguro e inclusivo.
Hoy, este proyecto beneficia a más de 280 estudiantes con discapacidad, entre ellos niñas, niños y jóvenes con autismo, parálisis cerebral, discapacidad intelectual y síndrome de Down.
Con el paso de los años, aquella vocación se transformó en una forma de vida. Su labor va más allá de enseñar contenidos: consiste en brindar confianza, fortalecer la autonomía y demostrar que cada niña y cada niño puede desarrollar sus capacidades cuando encuentra a alguien que cree en ellos.
Claudia Figueroa Aguirre forma parte de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, donde se congrega en la Iglesia Rodríguez, en Reynosa, Tamaulipas. Desde su fe, continúa viviendo la misión de Jesús al servir con amor, dignidad y esperanza a quienes más lo necesitan.







